Corriente Psiquiátrica Cognitivo Conceptual

Autor: M. C. Saavedra Mateos
Coordinador: A. Blanco Picabia, Sevilla

Es lógico que a estas corrientes se las denomine cognitivo-conductuales y no conductual-cognitivas, es decir, que se ordenen como un concepto donde lo cognitivo va por delante como lo más definitorio y fundamental. Y es lógico porque son estos últimos aspectos cognitivos los que predominan en esta corriente, así como los que hoy en día son objeto de estudio y profundización. Pero ambos aspectos surgieron en el tiempo en orden inverso a su prevalencia actual, primero el conductismo y luego el cognitivismo. Deben ir unidos porque, en su modo de entender al hombre, los conceptos de uno surgen del otro, sucediéndose cronológicamente. Y es en este orden cronológico en el que van a ser expuestos a continuación.

Conductismo

Concepto y fundamentos teóricos

El conductismo es una corriente dentro de la psicología que, en su momento, representa la revolución más radical en el enfoque del psiquismo humano. Nace en un momento histórico (Siglo XIX) dominado por el introspeccionismo e irrumpe en el mismo considerando que lo que le compete es la conducta humana observable y rechazando que se tenga que ocupar de la conciencia.

Su fundamento teórico está basado en que a un estimulo le sigue una respuesta, siendo ésta el resultado de la interacción entre el organismo que recibe el estimulo y el medio ambiente.

El nacimiento del conductismo suele centrarse en J.B.Watson (1913) (1). Desde sus inicios esta corriente estuvo muy relacionada con la psicología experimental. Se podría decir de hecho que si el evolucionismo de Darwin estableció una continuidad filogenética entre el animal y el hombre, el conductismo proporcionó una continuidad epistemológica entre las ciencias que estudian al animal y las que estudian al hombre, teniendo como objetivo el estudio de su conducta (2).

Influenciado por Pavlov (3), quien consideraba que los actos de la vida no eran más que reflejos, y por Betcherev (2), que se interesaba especialmente por los reflejos musculares, el condicionamiento empieza a ocupar un lugar central en la teoría conductista.
El principio del condicionamiento surge al describir que en el organismo existen respuestas incondicionadas ante determinadas situaciones. Estudiando los procesos de condicionamiento se podrían detectar unidades o patrones muy precisos de estímulos y de respuestas, pudiéndose definir mejor la interacción entre organismo y ambiente. Así, se suponía que los comportamientos humanos complejos eran el resultado de una larga historia de condicionamientos. Y a través de estas conclusiones, comenzó a adquirir importancia el estudio del aprendizaje que comienza en el hombre desde su infancia (4).

Surgieron entonces, ya entre 1920 y 1960, varias teorías acerca del aprendizaje, siendo las más relevantes las de Thorndike, Torman, Hull, Skinner y Wolpe, entre otros (citados por Polaino-Lorente y Martínez-Cano) (2).

Así, mientras Pavlov consideraba que el aprendizaje se producía por el conocido condicionamiento clásico, es decir, por la asociación temporo-espacial de un estimulo (condicionado o incondicionado y una respuesta), a Thorndike se le debe la introducción del término refuerzo, pensando este autor que el aprendizaje era el resultado de una respuesta instrumental con la que se ha conseguido un estimulo gratificante o satisfactorio (5).

Hull, por su parte, opinó que para que exista aprendizaje no es necesario que exista respuesta, argumentando estas deducciones con conceptos basados en el llamado «conductismo molecular» (5).

Tras Hull, Wolpe anunció que la conducta neurótica era un conjunto de hábitos persistentes de una conducta desadaptadora aprendida, ante situaciones que provocan ansiedad (5).

Y por ultimo Skinner, con su modelo de condicionamiento operante o también llamado voluntario, explicó el aprendizaje mediante el análisis del comportamiento y su relación con las contingencias de refuerzos introduciendo el término de modelado de la conducta (5).

Las aportaciones de Pavlov y Skinner, ­los padres del condicionamiento clásico y del operante, respectivamente­, fueron especialmente importantes pues en ellas se consolidan las nociones más elementales del conductismo y en ellas, además, están basadas la mayoría de las terapias puramente conductuales en la actualidad. Pavlov observó que una reacción que se producía naturalmente tras una excitación llamada incondicional (por ejemplo: la saliva tras el alimento en la boca) podía producirse tras un estimulo cualquiera, si este último se había asociado con el estimulo incondicional (segregar saliva al oir el ruido de un timbre que se ha asociado a la introducción de alimentos en la boca). Por la asociación de un estimulo llamado condicional a un estimulo incondicional, se obtiene una reacción o respuesta condicional. Pavlov estudió las propiedades de estas «relaciones temporales» entre estímulos y respuestas, pues a diferencia de las relaciones incondicionadas, estas pueden extinguirse. Y para ello, para que se extingan, es suficiente con dejar de reforzarlas, es decir, con no presentar el estimulo incondicional durante un cierto tiempo (4).

Por su parte, Skinner, hizo estudios en su famosa jaula en la que un ratón se apoya sobre una palanca ­constituyendo cada acción de apoyarse una respuesta­ y recibe, después, un poco de comida o refuerzo. Si no hay respuesta, no hay refuerzo. Por tanto, el refuerzo depende del comportamiento del sujeto; es su consecuencia. Este es el condicionamiento operante distinto del esquema de Pavlov o condicionamiento clásico. En el operante, el comportamiento es controlado por sus consecuencias, esta es la relación fundamental del condicionamiento operante. Pero el refuerzo, puede ser intermitente en lugar de continuo, por ejemplo: se produce tras un número definido de respuestas, o bien solo se dará si las respuestas están espaciadas con un intervalo determinado, etc. Skinner designó estas variaciones o modalidades como «contingencias de refuerzo». Así, el medio no provocaría los comportamientos, sino que los «selecciona», manteniéndolos o eliminándolos, según las contingencias reforzadoras que estén en vigor en ese momento (4).

Aspectos explicativos de la psicopatología desde el punto de vista conductista

En lo que respecta a las aportaciones que este modelo hace a la psicopatología cabe decir que para el conductismo los síntomas no son expresiones de una enfermedad sino que son la enfermedad misma, siendo estos el tema central de su análisis.

Así, la conducta normal, al igual que la patológica, quedan explicadas en base a estos principios tratándose el comportamiento normal de un buen aprendizaje y la enfermedad de un mal aprendizaje. Y por tanto, la desaparición de las conductas anormales sería equivalente a la curación.

El conductismo considera, además, que la conducta animal más elemental se puede extrapolar a la conducta más compleja del ser humano (6).

Los conductistas asumen tres conceptos fundamentales: conflicto, frustración y tendencia condicionada de evitación.

Se entiende por conflicto, la situación en la que existen dos tendencias simultáneas que conducen a respuestas incompatibles entre sí. Así, ante el conflicto «miedo-hambre» los animales estudiados muestran síntomas como anorexia (6). Se han considerado tres tipos de conflictos. Aproximación-aproximación; evitación-evitación; Y aproximación-evitación. Este último daría lugar a respuestas de ansiedad y desplazamiento (6).

La frustración es el estado al que se llega cuando se produce el bloqueo de una tendencia. Puede dar lugar a tres tipos de respuesta: agresión, regresión y fijación. La agresión se produce cuando se rompe el equilibrio entre instigación e inhibición a favor de la instigación. La regresión ocurriría cuando la ruptura es a favor de la inhibición, pudiendo existir respuestas que ya habían sido superadas. La fijación, sería la adopción de mecanismos anormales, que permanecen, insistiéndose en una conducta que se ha comprobado que es ineficaz. Un ejemplo clínico de este último mecanismo serían las conductas de tipo obsesivo. Para el conductismo, estos comportamientos se explican por un modelo según el cual los rituales obsesivos son reforzados y mantenidos para evitar el estímulo aversivo. Es decir, un comportamiento compulsivo sería reforzado y mantenido para reducir la ansiedad, que se teme que sería más intensa si no existiera dicho comportamiento obsesivo o ritual (6).

Por ultimo, la Tendencia condicionada de evitación se podría explicar con el ejemplo de las respuestas vegetativas que se condicionan por simples estímulos neutrales que aparecen a la vez que otra respuesta incondicionada. Así, la rata que recibe un choque eléctrico sufre una vagotonía, mientras que el estimulo condicionado al choque produce un tono simpático. En la clínica, esta respuesta se corresponde con la «ansiedad situacional» (6).

Por otra parte, también como aportación a la psicopatología, el conductismo ha elaborado distintas tesis sobre la personalidad. La que cabe destacar es la de Eysenk (6) que las clasificó en función de dimensiones básicas. Extroversión/introversión, neuroticismo-estabilidad emocional y por último, el psicoticismo. Hizo, además, una correlación de estos rasgos con determinadas características nurofisiológicas. Además, según este autor, a cada tipo de personalidad le correspondería una predisposición diferente a padecer una serie de trastornos: A la introversión y neurotización le corresponden la ansiedad, depresión, obsesiones, fobias, etc…, mientras que la extroversión, estaría inclinada a padecer histeria. O bien, extraversión más neurotización que llevarían a las psicopatías (6).

También en las fobias el conductismo hace sus aportaciones explicativas en psicopatología. Para este, una fobia es una respuesta aprendida por transmisión de información (cuentos, fábulas,) de contenido miedoso, por observación de otras personas que reaccionan con temor o por experiencias directas de estímulos muy aversivos (6).

Pero no son estas las únicas aportaciones que la psicología conductual ha realizado a la psiquiatría.

En la actualidad, el condicionamiento, nos ha proporcionado, también, un instrumento precioso para el estudio experimental de los medicamentos en el SNC, cuyo auge comenzó desde que se descubrieron los primeros neurolépticos hace un cuarto de siglo.

Pero sobre todo, nos ofrece sus principios para aplicarlos al tratamiento de los trastornos mentales y teniendo como fundamento los modelos de condicionamiento clásico y condicionamiento operante aporta a las terapias parasiquiátricas numerosas técnicas.

Aspectos terapéuticos

Aunque no es competencia de este capítulo detallar las técnicas terapéuticas conductuales, sí sería conveniente mencionar los principios conductuales en los que se fundamentan, que como ya se ha mencionado, parten de los conceptos de condicionamiento clásico y operante. Así, el refuerzo positivo, sería la presentación de una consecuencia positiva después de una respuesta deseada, consiguiéndose con ello un incremento en la frecuencia de esa respuesta, mientras que el refuerzo negativo consistiría en que tras un comportamiento determinado, se realizaría la cesación inmediata de una situación aversiva, de modo que el comportamiento sería reforzado por el alivio que supone esa cesación. Otro concepto, el castigo positivo es aquel en el que se presenta una consecuencia negativa o estimulo aversivo después de una respuesta no deseada. Tiene gran utilidad en conductas de autoagresión (mutilaciones, vómitos autoinducidos, etc.). Mientras que el castigo negativo, consiste en la retirada de una consecuencia positiva después de una respuesta no deseada. En ambos castigos se pretende disminuir la frecuencia de la respuesta no deseada. Por último, la extinción consiste en la retirada de los estímulos reforzantes que siguen a una respuesta que ha sido previamente reforzada (7).

Otros principios serían el moldeamiento, la saciedad, el control estimular, la sensibilización encubierta, la desensibilización operante, la implosión, la inundación, los entrenamientos aversivos o el «biofeedback», todos ellos utilizados en trastornos tan variados como ansiedad, fobias, depresión, toxicomanías, disfunciones sexuales, alteraciones de la conducta alimentaria y trastornos psicosomáticos (8).

Muchas han sido las criticas recibidas por este modelo, como por ejemplo, que desprecia lo congénito en favor de lo puramente adquirido, o que ataca al síntoma sin tener en cuenta la causa. O la nula atención que le da a la vida psíquica (caja negra) reduciendo al hombre a una máquina simple o un arco reflejo (8). Asunto este último por el que este modelo tiene poca aplicación en los estados psicóticos donde la vivencia subjetiva delirante es poco abordable desde el punto de vista comportamental.

Además, el rigor científico de que hace gala tiene el precio de un excesivo reduccionismo. Esto, sin dejar de lado que los estudios experimentales que le han dado ese rigor y que son imprescindibles en otras ciencias (farmacología), son un inconveniente en psiquiatría, pues si hay alguna diferencia entre el hombre y los animales es precisamente, el psiquismo, que es lo que aquí está en juego (8).

Como comentaba Richelle (4), ¿no es más interesante identificar las necesidades y comprender las motivaciones que insistir sobre los refuerzos?. Al entregarse el conductismo a una descripción minuciosa de la conducta, ¿no traslada las motivaciones del organismo, que es su sede, hacia el medio, que se limita a aportar las satisfacciones esperadas?.

Cognitivismo

Conceptos y fundamentos teóricos

Dentro de esta corriente del pensamiento psiquiátrico, el cognitivismo supone un paso posterior, en el que se trata de aplicar lo aportado por el conductismo a los procesos mentales internos o no visibles.

Existen dos formas de entender y definir que es lo cognitivo: La primera, entiende lo cognitivo como el estudio de los procesos mentales tales como memoria, percepción, atención, inteligencia, etc… Es decir, como el estudio de las funciones cognoscitivas del ser humano. Se trata, pues, de una definición en función del objeto de estudio. Esta consideración de lo cognitivo es restrictiva y tiene su aplicación y proyección clínica en la neuro-psiquiatría, y su método en la gran batería de pruebas neuropsicológicas y tests que se utilizan para el estudio de estas funciones mentales.

La segunda definición es aquella que considera lo cognitivo como un modo de entender el psiquismo humano, como un modelo explicativo de todo lo que ocurre en la mente humana, de las representaciones mentales ­cogniciones­ y de lo que de ellas el ser humano produce como fenómenos directamente observables. Esta conceptualización de lo cognitivo es más amplia que la anterior, pues no se reduce al estudio de los procesos puramente cognoscitivos. Su aplicación clínica se contempla en los modelos etiopatogénicos de los trastornos psiquiátricos y el método que utiliza son tests y pruebas objetivas; pero también la comunicación verbal de los pacientes.

Esta última definición es la que corresponde al conocido modelo cognitivo que, como dijimos, supone, al igual que otros modelos, un fundamento teórico que trata de explicar el psiquismo humano. Este modelo es, además, la gran aportación que la psicología ha hecho a la psiquiatría, y la ha hecho desde el mismo momento en que trata de dar explicaciones a los trastornos psicopatológicos o de establecer una etiopatogenia o psicopatología de los mismos. Es esta la razón por la que será esta concepción de lo cognitivo la que describiremos en este capítulo.

Es importante saber, además, que el modelo cognitivo no sólo posee un aspecto clínico que nace del estudio del hombre normal y sano, sino que goza también de un aspecto experimental basado en el estudio de los animales, aspecto del que no participan todos los modelos en psiquiatría.

Otra particularidad que diferencia este modelo de los otros es el hecho de que en su intento de explicar el psiquismo humano rompe las barreras entre la salud y la enfermedad mental, interesándose por un entendimiento global del mismo con independencia de que los síntomas o «productos» humanos a estudiar queden definidos como patología o normalidad.
El cognitivismo surge como consecuencia directa del conductismo, es decir, se basa en la misma noción de que a un estímulo le sigue una respuesta pero introduce en este esquema reduccionista un elemento fundamental: la cognición o los procesos cognitivos que se suceden en el organismo que recibe el esímulo y que elabora la respuesta. Su idea básica es que el hombre es un agente activo, no pasivo como en el conductismo, que selecciona, interpreta y actúa ante dichos estímulos poniendo en marcha respuestas cargadas con cierta «intencionalidad». Y además, considera que el psiquismo humano es capaz de emitir respuestas sin necesidad de que esté el estímulo presente, sino con la sola imagen del estímulo, es decir, con la «simbolización» de la realidad. Por lo tanto, el cognitivismo lo que hace es ocuparse de qué es lo que ocurre en la «caja negra».

Ambas concepciones, la de «intencionalidad» y la manipulación «simbólica» del entorno, constituyen el procesamiento de la información (P.I.) (9), erigiéndose hacia los años 40 ó 50 como primer y fundamental paradigma de la psicología cognitiva. Y así, frente a la analogía del comportamiento animal defendida por el conductismo se desarrolla a partir de entonces la analogía funcional con el ordenador (10).

Pero junto a estas nuevas concepciones que tenían sus fuentes en las teorías de la cibernética de Wiener, surgen otras de forma independiente con raíces en la teoría de los sistemas de Von Bertalanffy, en la teoría de la comunicación de Shannon y Weaver, en la lógica digital de Turing o en la linguística de Chomsky, así como en los trabajos de Piaget, posteriormente (Cit. por Barcia:) (6).

De esta forma, la psicología cognitiva fue ampliando sus marcos, surgiendo como consecuencia otras teorías que trataban de colmar las lagunas que dejaba el P.I. Surgen así tres paradigmas más: el de la psicología social, abanderado en la actualidad por Bandura, el de la psicología de la personalidad, representado sobre todo por los planteamientos de Kelly y el de la nueva reconceptualización del estrés», defendida por Lazarus a partir de la cual hizo importantes y novedosas aportaciones acerca de las emociones (10).

Y con lo dicho hasta aquí es evidente que la psicología cognitiva no se restringe al P.I., no siendo por tanto el modelo cognitivo un modelo unitario (11).

Aunque hacer una descripción detallada de cada uno de los paradigmas excedería las pretensiones de este capítulo, es necesario, sin embargo, describirlos brevemente.

El paradigma del procesamiento de la información

El procesamiento de la información (P.I.) se define como el enfoque conceptual que asume que el funcionamiento humano puede ser concebido como un sistema de procesamiento y utilización de la información ambiental y personal. Su objetivo es investigar las estructuras y operaciones que se producen dentro de ese sistema, es decir, investigar como selecciona, transforma, codifica, almacena, recupera y genera información y conducta (11). Desde que surgió este paradigma dentro de la corriente del cognitivismo, se han propuesto multitud de modelos para los tipos de actividad cognitiva. Unos, postulan una ordenación secuencial y lineal en las etapas del procesamiento, son los más sencillos y según estos modelos en serie, cada una de las etapas recibirá información de la anterior, realizará ciertas transformaciones sobre ella y dará lugar a un output que será recogido por la subsiguiente etapa, que a su vez reobrará sobre la información recogida (11). Otros, modelos en paralelo, postulan que la solución de problemas no exige su descomposición en pasos secuenciales, ni la resolución correcta de cada uno de ellos para alcanzar la resolución final. En realidad, la solución se alcanzaría de un modo más globalizado, en el sentido de que se analizarían varios aspectos a la vez (11 y 12).

El primero de estos conceptos hace referencia a la capacidad limitada del cerebro humano como sistema que procesa información. Es lógico; cualquier proceso cognitivo del hombre requiere la intervención de numerosas variables que dependen de la persona, de la situación que le rodea, de los recursos, etc. Y esto requiere un esfuerzo de elaboración de los materiales (12).

Otro concepto a señalar dentro del paradigma del P.I. sería el de que el procesamiento tiene la cualidad de ser selectivo, tamizando los estímulos de forma que considera unos y elimina o ignora otros. A esto se denomina «atención selectiva», que desde el punto de vista clínico se halla alterada en varias enfermedades mentales y que sirve como modelo explicativo de las mismas (11).

Explicar detalladamente el contenido de estos conceptos excedería las pretensiones de este capítulo. Quizá la aportación importante de este paradigma es que nos hace saber que ni todos los individuos realizan igual una tarea, ni el mismo individuo las realiza igual en los distintos momentos momentos. (12) De esto se deduce que el existir cognitivo es flexible y que en él se dan procesos automáticos o rígidos y procesos controlados o flexibles (12).

La distinción entre unos y otros están siendo muy útiles para explicar la presencia de ciertos déficits básicos en la atención y más concretamente en las alteraciones de la atención en la esquizofrenia (13).

Psicología cognitiva de la personalidad y psicología social

Mientras el P.I. se ha ocupado de estudiar los procesos mentales (atención memoria…), así como sus estructuras y operaciones (esquemas, redes…), la psicología social cognitiva se ha encargado de los «contenidos mentales» (14), o sea, de las atribuciones, actitudes, expectativas, creencias, valores y de cómo todo ello modula el comportamiento humano. Por otra parte, la psicología de la personalidad, apareció en los años 60-70 a través de la psicología social y del fenómeno de la percepción de personas y con el objetivo de «cognitivizar» la personalidad centrando su estudio en la identidad personal, la autoconciencia de si mismo o el mundo de las habilidades interpersonales (14).
Con esta psicología cognitiva de la personalidad se introducen los conceptos de «estilos cognitivos de personalidad» que se diferencian de la clásica conceptualización fenomenológica basada en rasgos (14).

Por su parte, la psicología social-cognitiva arroja modelos clínicos como el aprendizaje social de Bandura, o la Teoría del Desamparo de Abramson, o la Teoría de Autoconciencia de Fengistein, Scheier y Carvier (citados por Belloch e Ibáñez) (10).

Las distintas aportaciones que estos dos paradigmas han hecho a la psicopatología son numerosas pero lo más destacado y valioso es el estudio de las atribuciones y explicaciones que las personas damos a nosotros mismos y a lo que nos ocurre.

Tratando de unificar la psicología cognitiva como un modelo único, podría decirse que si el P.I. se ocupa de estudiar el cómo, la social y la de la personalidad se ocupan del qué (del contenido).

El estrés como paradigma del modelo cognitivo

El concepto de estrés ha sido considerado durante siglos, pero recientemente se ha reconceptualizado de forma sistemática y ha sido objeto de investigación, siendo Lazarus en 1966 (15) quien sugirió que el estrés fuera tratado como un concepto organizador que sirviera para entender un amplio grupo de fenómenos que acontecen en el ser humano. La definición de estrés que defiende el cognitivismo hace referencia a la relación entre el individuo y el entorno en el cual se tienen en cuenta las características del sujeto por un lado y la naturaleza del medio por otro. Esta consideración es paralela al concepto médico actual de enfermedad, según el cual, la enfermedad ya no es vista como consecuencia única de la acción de un agente externo, sino que exige también la participación del organismo en cuanto vulnerabilidad se refiere (16).

Según este paradigma, en la relación del hombre con el ambiente externo, el sujeto realiza en primer lugar una evaluación cognitiva de la situación (17) que sería un proceso mental rápido, intuitivo y automático, y sobre el que influyen evidentemente factores inherentes al individuo (creencias y compromisos) y factores dependientes de las características formales de la situación externa (18). En segundo lugar, y tras la evaluación cognitiva, el sujeto hace un afrontamiento de la situación, es decir, esfuerzos cognitivos y conductuales que se desarrollan para manejar las demandas externas o internas que han sido evaluadas como excedentes o desbordantes (19). Por ejemplo, cuando un individuo tiene una lesión de disco medular o sufre la muerte de un ser querido, muestra una forma de afrontamiento común en el que aparece un periodo de negación o minimización (afrontamiento dirigido a la emoción) que ocurre inmediatamente después de que se de el acontecimiento, para ser sustituido gradualmente por actividades dirigidas al problema: preocupación por su tratamiento, acomodación a las limitaciones impuestas por el accidente, restablecimiento de las relaciones sociales, etc. (afrontamiento dirigido al problema) (20).
Y en tercer y último lugar, tras la evaluación cognitiva y el afrontamiento, surge como fruto, una adaptación a la situación provocadora del estrés. La cuestión de mayor interés para los investigadores de este campo es la forma en que la evaluación cognitiva y el afrontamiento afectan a las tres clases principales de resultados adaptativos .(20)

Y lo que es más importante, las teorías cognitivas sobre la emoción parten de la base de que todo estímulo o situación debe ser primero identificado, reconocido y clasificado antes de que pueda ser evaluado y de que suscite o active una respuesta emocional. Es decir, las teorías sobre la emoción se sustentan en este paradigma más que en ningún otro. Por tanto, la cognición es una condición necesariamente previa a la elicitación de una emoción. Aunque las emociones, una vez generadas, pueden afectar también a los procesos cognitivos de evaluación. Ahora bien, la realización que una persona haga de una tarea que no evoca ninguna emoción particular (detectar una luz) será cualitativamente diferente de la que esa misma persona hará si la naturaleza de los estímulos involucrados en la tarea conllevan o provoca algún significado emocional, previamente almacenado en la memoria. Este tipo de planteamientos ha recibido muchas críticas, ya que convierte a las emociones y los afectos en un proceso más de conocimiento, secundario a otros como la atención, percepción o memoria (11).

Tras la exposición resumida del modo de entender el psiquismo humano por parte del modelo cognitivo, de los pilares de los que nace y los paradigmas en los que se sustenta, quizá lo más útil sería ver ahora cómo entiende este modelo los distintos modos de enfermar del psiquismo humano, es decir, cómo explica las distintas enfermedades mentales, que a fin de cuenta, son el objeto de estudio del futuro psiquiatra. Y es en este punto donde hay que hacer un pequeño esfuerzo de adaptación para aplicarlo a nuestro trabajo, pues el psiquiatra en su labor utiliza los síntomas psíquicos del paciente, su psicopatología, para elaborar un diagnóstico de la enfermedad del paciente concreto que tiene delante y posteriormente comenzar un tratamiento. Es decir, el psiquiatra aplica el modelo médico, y éste no es labor de la que se ocupe la psicología cognitiva.

Aspectos explicativos de la psicopatología desde el punto de vista cognitivo

De entrada, los cognitivistas opinan que la psicopatología no es lo opuesto a salud mental. No hablan de conductas anormales o enfermedades mentales, sino de experiencias inusuales o anómalas, o de disconformidad (21), porque no son los que experimentan la mayoría. Definen la salud mental como la habilidad para adaptarse a las demandas externas e internas, balanceada por la tendencia a la autoactualización y la búsqueda de novedades, así como por los sentimientos de autonomía funcional y de autodeterminación. Para los cognitivistas, «vivir es tomar decisiones» (11).

En virtud de estos postulados sobre la salud mental, el modelo cognitivo trabaja en la posibilidad de elaborar una psicopatología cognitiva que explique las enfermedades mentales. Pero los propios cognitivistas dicen que no se puede hacer un planteamiento unitario sobre la psicología cognitiva porque esta no es un modelo unitario. Y por lo tanto, no existe un modelo cognitivo unitario de psicopatología (22). Tan solo existen explicaciones desde el punto de vista cognitivo a determinados trastornos. Y para dar estas explicaciones, el cognitivismo utiliza como marco de referencia el P.I., comportándose en realidad como si fuera un modelo único.

Y pensando que la intención de este capítulo sería que el futuro psiquiatra conociera las aportaciones que otras ciencias han hecho a la psiquiatría, vamos a exponer de forma somera estas explicaciones y modos de entender de la psicología cognitiva sobre algunas enfermedades o trastornos psiquiátricos.

Aunque existe una psicopatología cognitiva sobre anomalías en muchos de los procesos puramente cognoscitivos, (memoria, atención, percepción, etc.), que es necesario conocer, por motivos prácticos y porque excedería las pretensiones de este capítulo, nos centraremos en tres trastornos: ansiedad, depresión y esquizofrenia, que son las alteraciones más estudiadas por esta corriente. Aunque también mencionaremos las aportaciones hechas en los trastornos de personalidad y desórdenes obsesivo-compulsivos.

Sobre la ansiedad

Varias han sido las teorías cognitivas que han surgido con la finalidad de dar una explicación que sustentase lo que ocurre en los estados de ansiedad. Las primeras fueron teorías de aprendizaje de la ansiedad, como las de Seligman y Johnston (1973) (23), o la de expectativas de auto-eficacia de Bandura (1977) (24), pero las últimas y más recientes son teorías menos ligadas a procesos de aprendizaje y más al P.I.

Entre ellas cabe destacar la de Beck, que basa los trastornos de ansiedad en el hecho de que en ellos se produce un procesamiento selectivo de la información. Para Beck, el individuo con ansiedad procesa selectivamente la información referente al peligro personal y la misma activa su esquema de peligro memorizado en el cerebro. Cuando una persona tiene ansiedad, el contenido de su P.I. puede ser variable como lo son sus propios pensamientos, pero siempre irá referido a la idea de peligro personal. Así, si el contenido está localizado externamente, la ansiedad se puede manifestar en forma de fobia, si el contenido va referido al fracaso social, la ansiedad podría ser generalizada y cuando la localización es corporal y catastrofista, la conexión se haría con los ataques de pánico (25).

Pero otros autores dicen que la característica de la ansiedad serían los errores o sesgos atencionales, de tal forma que en la ansiedad habría una mayor atención hacia la información amenazante. Además, también habría un sesgo interpretativo por el que estos individuos explicarían siempre la realidad de la forma más amenazante posible.
Una de las últimas aportaciones de corte cognitivo a los trastornos de ansiedad conceptualiza los fenómenos emocionales y por tanto la ansiedad bajo la perspectiva del P.I. Así, las emociones serían como programas afectivos.

Cada programa afectivo está formado por redes asociativas o emocionales. Cada red contiene o conecta entre sí las unidades de información o proposiciones. Y estas proposiciones, a su vez, están constituidas por argumentos o nodos. Formándose de esta manera toda una estructura de datos asociados que poseen información acerca de la agresión fisiológica de las emociones. Cuando accede al programa un estímulo éste se procesa en su interior a través de la activación de un número determinado de proposiciones. Como resultado de dicho procesamiento surge la expresión afectiva o emocional en forma de «set» de acción (26). De esta forma, la fobia simple se caracterizaría por una explícita imagen de miedo desencadenada por un estímulo y con un procesamiento coherente y buena estructura de base en los programas afectivos. Mientras que la agorafobia y la ansiedad generalizada no tendrían estímulos específicos y carecerían de representaciones focales en la memoria.

Es necesario decir que esta última aportación es aún de escasa relevancia en la psicopatología de la ansiedad aunque se piensa que es una alternativa a los enfoques tradicionales que tratan sobre la imaginación emocional y se espera de ella gran utilidad en la aplicación de terapias de conducta basadas en la imaginación.

Aportaciones cognitivas a los trastornos de personalidad y a los trastornos obsesivo-compulsivos
Aunque la ansiedad, la esquizofrenia y la depresión han sido las alteraciones más estudiadas por la psicología cognitiva, en la actualidad están ocupando un gran interés tanto los trastornos de personalidad (que siempre fue un centro de atención del psicoanálisis) como los trastornos obsesivo-compulsivos.

En los trastornos de personalidad cabe destacar el reciente modelo aportado por Millon (1990) (citado por Wesler:) (27), sobre el aprendizaje social. Este modelo genera ocho tipos de personalidad patológica leve y tres más considerados como graves. Cada categoría se describe en función de cinco dimensiones: apariencia conductual, conducta interpersonal, estilo cognitivo, expresión afectiva y autopercepción. Y cada una de ellas sería un objetivo de terapia.

Otra aportación a estos trastornos sería la del modelo de Young (1990) (citado por Wesler) (27), basado en los TED (Esquema Desadaptativo Temprano), definiéndolos como temas extremadamente estables y duraderos referentes a uno mismo y a los demás que se desarrollan desde la infancia y se elaboran durante la vida del individuo (27).

En lo referente a los trastornos obsesivo-compulsivos existen varios modelos que establecen una explicación psicopatológica desde el punto de vista cognitivo.
Uno (Carr, 1974) postula que los síntomas son el producto de las valoraciones no reales de amenaza o desastre. Considera que los obsesivos tienen expectativas anormalmente altas de resultado desagradable y negativo. Las compulsiones se desarrollan para aliviar el temor mientras que las obsesiones se producirán cuando el sujeto no disponga de conductas que alivien el temor (citado por Díaz O. y Pastoriza P.) (28).

Otro, (McFall y Wollershein, 1979), parte de la misma concepción que el anterior pero lo matiza considerando que los obsesivos tienen la idea de que uno debe ser competente en toda tarea y en caso de no cumplirla debe ser castigado. Además, las rumiaciones obsesivas previenen la ocurrencia de catástrofes; de la misma manera que otros pensamientos llevan a consecuencias desastrosas (citado por Díaz O. y Pastoriza P.) (28).

Y otros, recogen lo dicho en los anteriores pero parten de las suposiciones disfuncionales de Beck para estos trastornos (29):

­ Tener un pensamiento sobre una acción es como realizar la acción.

­ El fracaso al intentar prevenir el daño a uno mismo o a los demás es igual que haber causado daño sin haber intentado prevenirlo.

­ La responsabilidad no se atenúa por otros factores.

­ No realizar neutralización cuando ocurre una «intrusión» (pensamiento obsesivo) es lo mismo que desear daño relacionado con la intrusión.

Los estados depresivos desde el punto de vista cognitivo
Ha sido en este campo de los trastornos depresivos donde la perspectiva cognitiva ha ahondado y extendido más sus investigaciones.

Con el fin de entender la amplia diversidad de constructos cognitivos es necesario aplicar primero el sistema taxonómico cognitivo sugerido por Ingram (30).

Este distingue cuatro categorías cognitivas:

  • Estructuras
  • Proposiciones
  • Operaciones
  • Productos

Las estructuras cognitivas son la arquitectura del sistema, es decir, la manera en que está almacenada y organizada íntimamente la información. A esta categoría pertenecen la memoria a corto y largo plazo, así como las redes cognitivas que se mencionaron en este capítulo al hablar de los trastornos de ansiedad.

Las proposiciones cognitivas son el contenido mismo de lo que está almacenado en las estructuras cognitivas. Incluye la información generada internamente, las creencias, el conocimiento semántico, etc.
Las operaciones cognitivas se refieren al manejo de las proposiciones, es decir, de la información. Son los procesos mediante los cuales el sistema opera, codifica, recupera, propaga o elabora la información.

Por último, los productos cognitivos son el resultado final de las operaciones que se realizan con las proposiciones esquematizadas o ancladas en las estructuras. Son los pensamientos o cogniciones de los que el individuo tiene conciencia. Las atribuciones, inferencias, decisiones, pensamientos automáticos e imágenes son varios de los constructos que se incluyen en esta categoría (31).

Conocer esta taxonomía es importante pues es el edificio mental supuesto por los cognitivistas sobre el que se producen las alteraciones propias de las enfermedades mentales, y en concreto, la depresión.

Así, en los depresivos, existen autoesquemas depresivos en su estructura cognitiva en los que la memoria contiene material representacional autorreferente que organiza y guía el P.I. relacionado con la propia persona, de forma que las personas clínicamente deprimidas recuerdan mejor los adjetivos autorreferenciales negativos (32).

Además, las proposiciones cognitivas revelan actitudes vitales que establecen contingencias rígidas e inapropiadas para determinar la propia valía acerca de si mismo y del mundo. Las operaciones cognitivas muestran atención selectiva y atención autofocalizadas que hace alusión al proceso que consiste en dirigir la atención sobre cualquier aspecto de si mismo (por ejemplo: las propias sensaciones físicas o los propios pensamientos o emociones) y ser conscientes de la información autorreferente generada internamente (31).

Un ejemplo de este fenómeno lo podemos ver en la persistencia de la atención autofocalizada, después de un fracaso en los estudiantes depresivos, y cómo estos, evitan la autofocalización después del éxito, así como realizan un sesgo en la memoria (33).

Por último, los productos cognitivos también presentan contenidos característicos en la depresión. Así, los pensamientos automáticos, que son imágenes mentales espontáneas, estereotipadas, inintencionadas, irracionales, aceptadas como plausibles e incontrolables (33), se hallan alterados en la depresión apareciendo estos en sus contenidos más negativos, como la desesperanza, el pesimismo y la tristeza, constituyendo una parte integral de la misma.

Sin embargo, su papel causal en la depresión es discutible. Al igual que ocurre en las atribuciones, probablemente no son un factor de iniciación de la depresión (40). Como dice Beck (1991) «…concluir que tales cogniciones causan la depresión es igual que afirmar que los delirios causan la esquizofrenia…» (31).

Las inferencias son otros de los constructos que se incluyen en los productos cognitivos y que en el deprimido consisten en atribuciones causales negativas ante sucesos hipotéticamente negativos. Es decir, los deprimidos poseen una mayor tendencia a atribuirse a sí mismos la causa de los sucesos negativos, en comparación a las personas no deprimidas. Sin embargo, respecto a los sucesos positivos, ambos grupos prefieren atribuirse a sí mismos la causa más que a factores externos, de los éxitos (31).

Las teorías atribucionales han tenido un especial eco en la investigación de la depresión y en especial en la teoría de la indefensión aprendida y de la desesperanza (34). Desde estos modelos se sostiene que las personas poseen un «estilo atribucional» que, a modo de rasgo de personalidad, sería una característica más o menos estable de la persona. Así, algunas personas serían especialmente vulnerables a la depresión porque poseen un estilo atribucional autoinculpatorio relativamente constante en diversas situaciones (31).

Aunque, en un principio, los cognitivistas asumieron que estas atribuciones eran poco realistas, erróneas y negativas, a partir de los años 70 los investigadores señalaron la posibilidad de que los individuos depresivos fueran más precisos y realistas en su visión de sí mismos y del entorno que los no depresivos. Es lo que se conoce como «realismo depresivo», una hipótesis ya adelantada por Freud (35) para quien únicamente la persona deprimida comprende verdaderamente la esencia del ser humano. Incluso los resultados de los últimos años apuntan a la existencia de errores y sesgos entre las personas normales en la percepción de la realidad ­»la ilusión positiva no depresiva»­ (31).

No obstante, esto es una cuestión que aún esta sin dilucidar. De hecho, los postulados básicos de las principales teorías cognitivas de la depresión (modelos de Beck o de la indefensión aprendida), así como los supuestos que subyacen a las terapias cognitivas de la depresión parten de la base de que el depresivo hace una inferencia distorsionada y negativa de sí mismo y la realidad.

Y por ser los trastornos depresivos los más estudiados por esta corriente consideramos conveniente mencionar la existencia de modelos clínicos construidos desde la perspectiva cognitiva. Entre ellos destaca el modelo de Beck (36), que postula la aparición de una triada perceptiva cognitiva en los depresivos:

  • ­Percepción de si mismos, viéndose estos individuos como menos válidos y competentes a nivel social en comparación a como se ven los no depresivos.
  • ­Percepción de experiencias anteriores, viendo su vida con escasos cambios y acontecimientos.
  • Expectativas de futuro, que en el depresivo son desesperanzadas y evaluadas como negativas (37).

Este autor, además, ha establecido una relación entre cognición y afecto en sujetos normales y en estados psicopatológicos de tipo afectivo (38), concluyendo que en los sujetos normales la secuencia «percepción-cognición-emoción» está dictada principalmente por las características externas o ambientales de la situación. Mientras que en los sujetos psicopatológicos esta secuencia queda determinada en mucho mayor grado por procesos internos (38). Esta idea queda expresada en el siguiente esquema:

  • Estímulo: Pérdida, Ganancia, Peligro
  • Afecto: Tristeza, Euforia, Ansiedad
  • Psico-Patología: Depresión, Estado hipomaniaco, Neurosis de ansiedad

Aportaciones cognitivas a los fenómenos esquizofrénicos

El cognitivismo, en la ambiciosa búsqueda de una alteración específica que explique las diversas anomalías de la esquizofrenia ha centrado sus investigaciones en el proceso de la atención considerando que en el déficit de la misma subyacen los síntomas cognitivos de los esquizofrénicos.

Para estos autores, el modelo de «filtro atencional» abría la posibilidad de que los esquizofrénicos tuvieran un filtro defectuoso (39). Aunque no es este el único modelo que destaca en los estudios de esta enfermedad. También hay que hacer mención a la teoría de la «disposición fragmentaria de Shakow» (1962), o la de Claridge (1967) sobre la disociación de los mecanismos de activación o arousal (citados por Belloch y Baños:) (40).

Y concretando algo más, las investigaciones de la psicología cognitiva inciden especialmente en una de las modalidades básicas de la atención, la de la vigilancia (atención sostenida) o la de la selección. Llegando estas investigaciones a la conclusión de que estos pacientes presentan un déficit en su capacidad de procesamiento, lo que implicaría que su sistema cognitivo se sobrecargue con gran facilidad. Y este déficit se manifiesta muy especialmente en aquellas tareas y situaciones en las que es necesaria una buena capacidad atencional, lo que en términos experimentales se traduce en tareas que exigen «atención sostenida» (vigilancia), como las que se realizan con el test de ejecución continua (CPT). Los resultados son siempre los mismos: los esquizofrénicos cometen sistemáticamente más errores de omisión y de comisión que los grupos control.

No obstante, aún haciendo una valoración positiva de estos estudios, hay que tener en cuenta que se toman como punto de partida modelos muy restrictivos que se detienen en uno solo de los procesos básicos del conocimiento ­la atención en este caso­. Y con esto se corre el riesgo de fragmentar excesivamente los procesos de conocimiento humano como si fueran entidades nítidamente separadas. Y si algo caracteriza cualquier función del ser humano es precisamente su dinamismo, interrelación y multidireccionalidad.

En un intento de dar solución a esta carencia, surgen los trabajos de Magaro (1980) (citado por Belloch y Baños:) (40), que propone la existencia de diferencias cualitativas en el P.I. que llevan a cabo los esquizofrénicos paranoides frente a la que realizan los esquizofrénicos no paranoides concluyendo que estos últimos prefieren utilizar un procesamiento automático con dificultades para resolver tareas que requieran un procesamiento controlado. Por el contrario, los paranoides lo harían a la inversa, procesando peor la información que llega por vía perceptiva (automática) y mejor la que reciben en forma de conceptos (controlada).

Es decir, el paranoide no toma en consideración el contexto sensorial que le rodea y por ello presentaría dificultades en obtener información de dicho contexto sensorial, perdiéndose así un elemento fundamental para resolver situaciones que requieran un esquema flexible e influenciado por la percepción. Mientras que el no paranoide atiende a los estímulos sensoriales de modo automático mostrando déficits en la organización conceptual (41).

A estas conclusiones se suman para complementarlas los hallazgos de que los esquizofrénicos presentan un déficit perceptivo que reside en un fracaso para organizar la información en un estadio temprano del procesamiento (40), de forma que ejecutan peor las tareas u emplean más tiempo a medida que aumenta el número de estímulos irrelevantes, siendo poco capaces de diferenciar cuándo perciben un estímulo con significado de otro sin significado (40).

Dentro de este paradigma del P.I., las conclusiones más actuales a las que ha llegado la psicología cognitiva en su intento de explicar la esquizofrenia se pueden resumir diciendo que desde este modelo el esquizofrénico es una persona que tiene consciencia de los procesos automáticos que habitualmente discurren por debajo del nivel de conciencia, fracasando en el procesamiento automático y convirtiendo esta actividad en un procesamiento secuencial. Y debido a este deterioro en el procesamiento automático no se pueden beneficiar de las ventajas que el mismo proporciona a la percepción y, naturalmente, al sistema cognitivo. Dicho de otra forma más simple, el esquizofrénico se vería obligado a analizar todos los estímulos en una tarea experimental, como si ellos fueran siempre nuevos, sin aprovechar la experiencia que ya tuvo con los mismos (de organización, de significado o de repetición estimular). Se concentran en el detalle a expensas del tema (42).

Según este planteamiento, los trastornos del pensamiento, las alucinaciones y los delirios serían el resultado de un defecto en el mecanismo que controla y limita los contenidos de la conciencia.

Así, las alucinaciones auditivas se pueden explicar como una consciencia de estímulos auditivos preconscientes que han sido erróneamente percibidos; los delirios pueden ser vistos como intentos para explicar las percepciones erróneas; y los trastornos del pensamiento pueden ser el resultado del fracaso para inhibir la consciencia de implicaciones y significados alternativos e irrelevantes de las palabras (42).

De todos modos, no todos los autores que trabajan en esta línea de investigación opinan igual. Para otros el problema del esquizofrénico no estaría situado en el procesamiento automático (no consciente), sino en el procesamiento controlado (consciente) (43).
Pero no es el PI el único paradigma que utiliza la psicología cognitiva para entender la esquizofrenia. También se acerca a ella desde la nueva reconceptualización que este modelo hace del estrés. Basándose en este último paradigma el cognitivismo encuentra numerosas relaciones entre el estrés y la esquizofrenia, en virtud de los efectos que este puede ejercer sobre la etiopatogenia de la enfermedad y de la vulnerabilidad de las personas esquizofrénicas a dicho estrés (40).

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Bibliografía Recomendada

­ Liberman RP. Iniciación al análisis y terapéutica de la conducta. 3ª ed. Colección «conducta humana n.º 17». Barcelona: Ed. Fontanella S.A., 1978.
*** Texto muy útil para internarse en el campo de la terapéutica de la conducta, así como para entender sus principios más básicos. Se formulan preguntas a las que se debe responder eligiendo respuestas. Luego se va a la página indicada para comprobar si era o no correcta (retroalimentación). Los ejemplos del libro son casos reales. Muy práctico ***.
­ Skinner BF. Science and human behavior. Colección «Conducta humana». New York: Macmillan, 1953. (Existe traducción al castellano).
*** Representa los primeros intentos de demostrar que los principios del aprendizaje y de la conducta pueden explicar el comportamiento humano en una serie de contextos. Se divide en dos partes: la primera hace un análisis de la conducta y la segunda versa sobre la comprensión de la emoción, el autocontrol, el pensamiento, los grupos, el gobierno, la religión, la psicoterapia, la educación y la economía. Asequible y no necesita ninguna preparación especializada para su lectura ***.

­ Cohen G. Psicología cognitiva. (Versión esp. de Mª J González y G. Gil) la ed. Madrid: Ed. Alhambra, 1983.
*** Trata temas centrales en el estudio del pensamiento (memoria semántica, imágenes visuales, lenguaje, resolución de problemas, formación de conceptos, simulación con ordenadores, diferencia de hemisferios cerebrales,…). Pone en relación de forma globalizada los datos de distintos métodos, como estudios clínicos, observación de conductas o pruebas experimentales. Proporciona una introducción a la cognición ***.

­ Belloch A e Ibañez E. Manual de psicopatologia. 1ª ed. 2 vols. Valencia: Primolibro, 1991.
*** Este libro recoge los distintos paradigmas que sustentan el modelo cognitivo. Con aportaciones de otros autores, profundiza en el concepto de psicopatología desde distintos ángulos. Explica los mecanismos psíquicos que llevan a las distintas enfermedades psiquiátricas, según el modelo cognitivo. Es un texto muy actualizado y útil para el residente de psiquiatría ***.

Artículos

­ Mayor J. Orientaciones y problemas de la psicología cognitiva. Análisis y modificación de la conducta, 1980; 6: 213-279.
*** Este artículo hace un breve recorrido histórico del pensamiento cognitivo. Pero lo más interesante es su modo de conceptualizar las bases de una psicología cognitiva en sentido estricto, es decir, cual es su ámbito de estudio, sus presupuestos, su metodología y su relación con las restantes orientaciones***.

­ Mathews A. Cognitive processes in anxiety and depression: discussion paper. Journal of the Royal Society of Medicine , 1989; 79: 158-161.
*** El artículo hace un barrido de experiencias de investigación con diferentes modelos (escucha dicótica, color, interpretación de estímulos ambiguos, tareas de completar palabras-raices, etc.). Todos ellos en los trastornos de ansiedad y depresión ***.

­ Beck AT. Cognition, affect and psichopathology. Arch. Gen. Psychiat., 1971; 24: 495-500.
*** En este artículo, el autor establece una correlación entre cognición y afecto en sujetos «normales» y en algunas patologías. Observando cómo la misma cognición provoca o se relaciona con diferentes afectos según el psiquismo sea normal o patológico. Además, trata de dar una explicación psicopatológica a estas diferencias observadas. Muy interesante ***.

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